La Travesía de las generaciones – Rab Jonathan Sacks

Lej Lejá – 24 de octubre, 2015 / 11 Jeshvan 5776

Mark Twain lo decía concisamente: “Cuando yo tenía 14 años, mi padre era tan
ignorante que yo apenas toleraba que el viejo estuviera cerca. Pero cuando cumplí 21,
quedé maravillado por lo que él había aprendido en siete años”
Tenga o no razón Freud con el complejo de Edipo, seguramente tiene mucho de
cierto que la singularidad de la adolescencia intenta diferenciarnos, individualizarnos,
ser otros que nuestros padres. Cuando éramos jóvenes, ellos constituían la presencia y
el sustento de nuestras vidas, nuestra seguridad, nuestra estabilidad, nuestro anclaje en
el mundo.
En la infancia, la primera y más profunda manifestación de terror es la ansiedad
de la separación: especialmente la ausencia de la madre. Los niños juegan alegremente
mientras la madre o la cuidadora esté visible. Cuando esto no ocurre, cunde el pánico.
Los niños son muy pequeños para aventurarse solos en el mundo. Es precisamente la
presencia estable y previsible de los padres en los primeros años lo que les da el sentido
básico de confianza en la vida.
Pero después nos aproximamos a la adultez, que es cuando tenemos que abrir
nuestro camino al mundo. Son años de búsqueda y en algunos casos, de rebeldía. Es lo
que hace que la adolescencia sea tan difícil. La definición de juventud en hebreo – de la

raíz n-a-r- tiene connotaciones de `despertar´o `sacudir´. Comenzamos a definirnos
más con referencia a amigos y a grupos de pares que con nuestra familia, y es frecuente
que haya tensión entre las generaciones.
El teórico literario Harold Bloom escribió dos libros fascinantes, The Anxiety of
Influence y Maps of Misreading,(*) en los cuales, al estilo freudiano, argumenta que
poetas importantes abren su espacio propio deliberadamente generando confusión e
interpretando equívocamente a sus antecesores. Caso contrario
– si estuvieran
realmente tan impactados por los poetas que los antecedieron
– terminarían
bloqueados, en el sentido de que todo lo que se podría decir sobre un tema
determinado ya había sido dicho y escrito mejor de lo que uno lo podría hacer. Crear el
espacio necesario para uno mismo frecuentemente significa un enfrentamiento con los
que vinieron antes que nosotros, incluyendo a nuestros padres.
Uno de los grandes descubrimientos que tiende a aflorar con los años es que
comenzamos a darnos cuenta de que después de pasar una vida huyendo de nuestros
padres terminamos advirtiendo que nos asemejamos mucho – y cuanto más nos
alejamos, más nos acercamos. De ahí la verdad de la frase intuitiva de Mark Twain. Se
necesita tiempo y distancia para constatar cuánto les debemos a nuestros padres y
cuánto de ellos sigue viviendo en nosotros.
La forma en que la Torá plantea esto en relación con Abraham (o Abram como
se llamaba entonces) maravilla por su sutileza. Lej lejá, además de la historia judía,
comienza con estas palabras, “Dios le dijo a Abraham, vete de tu tierra, del lugar en que
naciste, de la casa de tu padre a la tierra que Yo te indicaré” (Gen. 12: 1). Este es el
comienzo más audaz de cualquier relato biográfico de la Biblia hebrea. Parecería no
surgir de ningún lado. De Abraham, la Torá no nos dice nada acerca su niñez, su
juventud, su relación con otros miembros de la familia, como llegó a casarse con Sara, o
las características de su personalidad que hicieron que Dios lo eligiera para ser el
iniciador de lo que eventualmente se transformaría en la mayor revolución de la
historia religiosa de la humanidad, lo que ahora llamamos el monoteísmo abrahámico.
Es este silencio bíblico que llevó a la tradición midráshica que nos enseñaron de
niños, que Abraham rompió los ídolos en la casa de su padre. Éste es el Abraham
revolucionario, iconoclasta, el hombre de la nueva era que subvirtió la ideología de su
padre. Este sería, si se quiere, el Abraham freudiano.

Quizás a medida que maduramos podremos volver hacia atrás, releer el pasaje y
entender la significación del fin de la parashá anterior. Dice así: “Teraj tomó a su hijo
Abram, a su nieto Lot hijo de Haran y a su nuera Sarai, la esposa de su hijo Abram y
juntos salieron de Ur de los caldeos para ir a Canaan. Pero cuando llegaron a Harran, se
establecieron allí” (Gen. 11: 31)
En otras palabras, resulta entonces que Abraham dejó la casa de su padre
mucho después de haber dejado su tierra y su lugar de nacimiento, que era Ur, hoy en el
sur de Iraq, y solo se separó de su padre en Harran, hoy en el norte de Siria. Teraj, el
padre de Abraham, lo acompañó en la primera mitad de su travesía. Por lo menos en
una parte del trayecto fue con su hijo.
Qué fue lo que pasó? Existen dos posibilidades: la primera es que Abraham haya
recibido su llamado en Ur. Su padre Teraj aceptó ir con él con la intención de llegar
hasta la tierra de Canaan, pero no completó la travesía, quizás por su edad avanzada. La
segunda es que el llamado le vino a Abraham en Harran, en cuyo caso su padre ya
había iniciado el viaje por propia iniciativa, saliendo de Ur. De cualquier manera, el
quiebre entre Abraham y su padre fue mucho menos dramático que lo que se había
pensado inicialmente.
He argumentado en otro sitio (en mi nuevo libro, Not in God’s Name) (**) que
la narrativa bíblica es mucho más sutil de lo que normalmente se supone.
Deliberadamente, está escrita para ser comprendida a distintos niveles,
correspondiendo a distintas etapas de nuestro crecimiento moral. Hay una narrativa
superficial. Pero también frecuentemente hay otra, más profunda, que recién se
advierte y se comprende al llegar a cierto nivel de madurez
(llamo a esto
contranarrativa oculta). Génesis 11-12 es un ejemplo clásico.
De jóvenes, escuchamos el encantador – e incluso poderoso – cuento de
Abraham rompiendo los ídolos de su padre, que transmite el mensaje de que a veces un
niño puede tener razón y el padre no, especialmente cuando se trata de temas de
espiritualidad y de fe. Sólo mucho más tarde en la vida captamos la verdad mucho más
profunda – escondida bajo la forma de una simple genealogía en la parashá anterior –
de que Abraham estaba en realidad completando un viaje iniciado por su padre.
Hay un fragmento en el libro de Joshua (24: 2) – que se lee como parte de la
Hagadá la noche del Seder – que dice que “En el pasado tus ancestros vivieron más allá

del Éufrates incluyendo a Teraj, padre de Abraham y Nahor. Ellos adoraban a otros
dioses.” O sea que había idolatría en los antecedentes familiares de Abraham. Pero en
Génesis 11 dice que fue Teraj el que llevó a Abraham, y no Abraham a Teraj de Ur a la
tierra de Canaan. No hubo un rompimiento inmediato ni profundo entre padre e hijo.
Era efectivamente difícil de imaginar lo contrario. Abram – el nombre original
de Abraham – significa “padre poderoso.” Abraham mismo fue elegido “para que
pudiera instruir a los hijos de su hogar a seguir sus pasos en el camino del Señor”
(Gen.18: 19) – o sea, elegido para ser un padre modelo. Cómo un niño que rechaza a su
padre puede llegar a ser el padre de niños que a su vez no lo rechacen a él ?1 Lo más
lógico es pensar que Teraj tenía dudas acerca de la idolatría, y que fue él el que lo
inspiró a Abraham a asumirlas, tanto físicamente como espiritualmente. Abraham
continuó la travesía iniciada por su padre asistiendo a Isaac y Jacob, su hijo y su nieto,
a delinear sus propias formas de servir a Dios- el mismo Dios pero hallado de distintas
maneras.
Lo cual nos lleva nuevamente a Mark Twain. Frecuentemente pensamos cuán
distintos somos de nuestros padres. Nos lleva tiempo apreciar cuánto nos ayudaron a
ser la persona que somos. Aunque pensamos que estábamos escapando, en realidad
estábamos siguiendo su camino. Mucho de lo que somos nosotros se debe a lo que
fueron ellos.
1 Rashi (para Gen.11: 31) dice que para ocultar el quiebre entre padre e hijo la Torá registra la muerte de
Teraj antes del llamado de Dios a Abraham. Sin embargo, ver Rambam ad loc.
(*) La angustia de la influencia, Mapas de Lectura Equívoca.
(**) No en nombre de Dios

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires
Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay