Responsabilidad individual y colectiva – Rab Jonathan Sacks – Noaj 5777

Traductor: Carlos Betesh
Editor: Ben-Tzion Spitz
5 de noviembre, 2016 / 4 Jeshvan 5777

En una ocasión tuve la oportunidad de preguntarle al escritor católico Paul Johnson qué fue lo que más le impresionó acerca de el judaísmo durante el largo período de investigación que empleó su calificada obra Una Historia de los Judíos. Me respondió: “ha habido, a lo largo de la historia, sociedades que han hecho énfasis en el individuo – como el Occidente secular de la actualidad. Ha habido otras que priorizaron lo colectivo – por ejemplo el comunismo en Rusia o China. El judaísmo – continuó – fue el ejemplo más exitoso que conoció que logró el delicado equilibrio entre ambos – dando un peso equivalente tanto a la responsabilidad individual como a la colectiva por lo cual era una religión de individuos fuertes y comunidades fuertes. Esto – dijo – era muy raro y difícil, y constituyó uno de nuestros mayores logros.

Fue una observación sabia y sutil. Sin saberlo, había en efecto parafraseado el aforismo de Hilel: “Si yo no soy por mí, quien lo será? (responsabilidad individual), pero si soy sólo por mí, entonces qué soy? (responsabilidad colectiva).” Esta introspección nos permite entender la parashá de Noaj de una forma que hubiera resultado tan obvia. La parashá comienza y termina con dos grandes acontecimientos, el Diluvio por un lado y Babel y su torre por el otro. En principio ambos nada tienen en común. Las falencias de la generación del Diluvio son explícitas.”El mundo estaba corrupto ante Dios, y la tierra estaba colmada de violencia. Dios miró la tierra, y estaba corrupta. Toda carne había pervertido su camino en la tierra.” (Gen. 6: 11-12), Maldad, violencia, perversión y corrupción: este es el lenguaje del fracaso moral sistémico.

Como contraste, Babel parece casi idílico. “La totalidad de la Tierra tenía un solo lenguaje y un discurso común” (11: 1). Los constructores

están dedicados a la construcción, no la destrucción. No está para nada claro cual fue su pecado.

Pero desde el punto de vista de la Torá Babel representa otra desviación seria, porque en forma inmediata Dios convoca a Abraham para iniciar un capítulo enteramente nuevo en la historia religiosa de la humanidad. No hay Diluvio – Dios había, en todo caso, jurado que nunca castigaría a la humanidad de esa manera (“Nunca más maldeciré al suelo por culpa del hombre, puesto que la inclinación del corazón del hombre es hacia la maldad desde su juventud. Nunca más castigaré la totalidad de la vida como he hecho recientemente.” 8: 21). Pero está claro que después de Babel, Dios llega a la conclusión de que debe haber otra forma diferente para que vivan los seres humanos.

Tanto el Diluvio como la torre de Babel están basados en hechos históricos reales, aun cuando la narrativa no esté expresada en el lenguaje histórico descriptivo. La Mesopotamia tuvo muchos mitos de diluvios, todos los cuales sirven de testimonio de inundaciones desastrosas, especialmente en los territorios llanos del valle del Tigris y el Éufrates (Ver el Comentario de R. Davis Zvi Hoffman para Genesis 6 (Hebrew, 140) que sugiere que el Diluvio puede haber afectado a zonas habitadas más que haber cubierto a toda la Tierra). Excavaciones de Shurrupak, Kish, Uruk y Ur – lugar de nacimiento de Abraham – muestran evidencias de depósitos de arcilla de inundación. De la misma forma, la Torre de Babel fue una realidad histórica. Herodoto habla de la envoltura sagrada de Babilonia, en el medio de la cual se erguía un ziggurat o torre de siete pisos y 100 metros de altura. Los restos de más de 30 de estas torres han sido descubiertas, principalmente en el sur de la Mesopotamia y hay muchas referencias en la literatura de la época que hablan de las torres que “llegan hasta el cielo.”

Sin embargo, las historias del Diluvio y de Babel no son meramente históricas porque la Torá no es historia sino “enseñanza, instrucción.” Estan ahí porque representan una profunda verdad moral, social, política, espiritual sobre la situación humana tal como la ve la Torá. Respectivamente, representan precisamente las falencias insinuadas por Paul Johnson. El Diluvio nos cuenta lo que le pasa a la civilización cuando los individuos gobiernan y no hay colectivos. Babel nos cuenta lo que pasa cuando gobierna el colectivo y los individuos son sacrificados por él.

Fue Thomas Hobbes (1588-1679) el pensador que sentó las bases de la política moderna en su obra clásica Leviathan (1651) quien – sin hacer referencia al Diluvio – le dio la mejor interpretación. Antes de haber instituciones políticas, decía Hobbes, había seres humanos “en estado de naturaleza.” Eran individuos, grupos, bandas. Careciendo de un gobernante estable, de un gobierno efectivo y leyes exigibles, la gente estaría en un estado de violencia y caos permanente, – “una guerra de cada hombre contra cada hombre” – al competir por los escasos recursos. Estarían “en temor continuo, en peligro de muerte violenta; y la vida del

hombre: solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve.” Estas características existen en la actualidad en una serie de estados fallidos o en vías de serlo. Esa es precisamente la descripción de la Torá de la vida antes del Diluvio. Cuando no existe el imperio de la ley para refrenar a los individuos, el mundo se colma de violencia.

Babel es lo opuesto, y ahora tenemos importantes evidencias históricas acerca del significado de la frase “Había en toda la tierra un solo lenguaje y un discurso en común,” Esto puede no reherirse a la humanidad primaria antes de la división de las lenguas. Efectivamente, en el capítulo anterior la Torá ya había establecido que “De éstos, los pueblos marítimos se extendieron fuera de sus tierras, y sus tribus dentro de sus naciones, cada uno con su propia lengua,” (Gen. 10: 50. El Talmud Yerushalmi, Meguilá 1: 11, 71b, registra la disputa entre R. Eliezer y R. Johanan, uno de los cuales sostiene que la división de la humanidad en setenta lenguas ocurrió antes del Diluvio).

La referencia parece ser la práctica imperial de los neo-asirios, la de imponer su propio lenguaje a los pueblos conquistados por ellos. Una inscripción de la época indica que Ashurbanipal II “hizo que todas las personas hablaran el mismo lenguaje.” Una inscripción en un cilindro de Sargon II dice “Poblaciones de los cuatro cuartos del mundo con lenguas extrañas y discursos incompatibles…a quienes tomé como botín al comando de Ashur mi señor por el poderío de mi cetro, hice que aceptaran una sola voz.” Los neo-asirios impusieron su supremacía insistiendo que su lengua fuera la única utilizada por las naciones y las poblaciones que habían derrotado. Al leer esto, Babel es una crítica al imperialismo.

Hay asimismo una insinuación de esto en el paralelismo del leguaje entre los constructores de Babel y el faraón egipcio que esclavizó a los israelitas. En Babel dijeron: “Vengan (hava) vamos a construirnos una ciudad y una torre…a no ser que (pen) seamos esparcidos por toda la faz de la tierra” (Gen. 11: 14). En Egipto, el faraón dijo: “Vengan (hava) tratémoslos sabiamente, no sea que (pen) se incrementen en demasía…” (Ex. 1: 10). La repetición de “Vengan, no sea que…” es demasiado pronunciada para considerarla casual. Babel, como Egipto, representa al imperio que somete a toda la población, sojuzgando a sus identidades y libertades.

Si esto fuera así, deberíamos releer toda la historia de Babel de una manera que suena mucho más convincente. La secuencia es la siguiente: Genesis 10 describe la división de la humanidad en setenta naciones y setenta lenguajes. Genesis 11 nos cuenta cómo un poder imperial conquistó naciones más pequeñas y les impuso su lenguaje y su cultura, contraponiéndose al deseo de Dios de que los hombres respeten la integridad de cada nación y de cada individuo. Cuando al final de la historia de Babel, Dios “confunde el lenguaje” de los constructores, no está creando un nuevo estado de situación sino reestableciendo el anterior.

Interpretada de esta forma, la historia de Babel es una crítica al poder del colectivo cuando aplasta la individualidad – la individualidad de las setenta culturas descriptas en Genesis 10. (Una nota personal: yo tuve el privilegio de dirigirme a dos mil líderes de todas las fes del mundo en el Millenium Peace Summit en las Naciones Unidas en el 2000. Resultó ser que había exactamente setenta tradiciones representadas, cada una con sus sectas y subdivisiones. Así que parece que aún hoy hay setenta culturas básicas). Cuando el imperipo de la ley se usa para suprimir a los individuos y sus lenguajes distintivas y sus tradiciones, eso también está mal. El milagro del monoteísmo es que la Unidad en el Cielo crea diversidad en la Tierra, y Dios nos pide (con condiciones obvias) que respetemos esa diversidad.

Por lo que tanto el Diluvio como la Torre de Babel, aún siendo polos opuestos, están ligados, y toda la parashá de Noaj es un estudio brillante de la condición humana. Existen culturas de tipo individual y otras colectivas, y ambas fallan: la primera porque conduce a la anarquía y la violencia, la segunda porque lleva a la opresión y la tiranía.

Por eso la intuición de Paul Johnson termina siendo profunda y veraz. Después de los dos grandes fracasos del Diluvio y de Babel, Abraham fue convocado para crear una nueva forma de orden social que pudiera dar igual valor a lo individual y a lo colectivo, responsabilidad personal y bien común. Eso sigue siendo el legado especial de los judíos y el judaísmo al mundo.

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